Columna escrita por Héctor Juan Villarreal Paez 

Milenio – 04 de Febrero, 2015

El viernes pasado fue presentada por medio de la Secretaría de Hacienda una serie de recortes al Presupuesto de Egresos de la Federación 2015. El anuncio era esperado desde hace días y solo vino a confirmar una verdad mayoritariamente aceptada: nuestras finanzas públicas están petrolizadas. Este es uno de los pendientes que dejó el anterior intento de reforma fiscal. La caída en precios de petróleo era anticipada en la comunidad internacional desde hace un par de años; lo que sorprendió fue su profundidad. Igualmente, se vaticina un rebote en los precios internacionales, pero el cuándo y la magnitud son muy inciertos.

En mi opinión el anuncio vino con una buena noticia: “el paquete económico 2016 no será inercial”. Se está proponiendo una revisión integral al gasto público federal (que también implicaría cambios en los estados). Se informó que el Banco Mundial colaborará en el análisis. La reingeniería del gasto debió haber ocurrido hace 10 años, pero aun tarde es bienvenida. El problema en la estructura programática del gasto público es muy severo. No se trata solamente de la falta de reglas de operación: hay programas que no tienen ni objetivos claros y se vienen arrastrando desde hace muchos años. Ni hablar de programas que han sido mal evaluados y ahí siguen. Ojalá esta discusión no se limite a la Secretaría de Hacienda con el Banco Mundial. Al gobierno se le está presentando una oportunidad de oro para involucrar a académicos, sindicatos, cámaras y sociedad civil en general, en la construcción de un nuevo sistema fiscal.

Se propone un recorte de 124,300 millones de Pesos. Aproximadamente, el 58% del recorte iría a PEMEX y CFE; el resto a la Administración Pública Federal, y de este último dos terceras partes sería en gasto corriente. Los números suenan razonables. Si bien idealmente se hubiera buscado no sacrificar inversión, en el corto plazo y sin análisis detallados de por medio, era muy difícil no meter la tijera ahí. Sin embargo, habrá que estar pendientes de los requerimientos de inversión de las empresas productivas del Estado (la deuda que se les autorizó en el presupuesto). Si estos requerimientos no se modifican y sí se cancelan inversiones, solo se estaría maquillando un déficit primario por parte del gobierno.

Es imposible que los recortes al gasto público no tengan efectos negativos sobre el crecimiento económico, pero no había mucho margen de maniobra. La apuesta del gobierno pareciera ser que disminuyendo la volatilidad en los mercados y con una expansión fuerte de la actividad económica en el segundo trimestre del año, no se quede muy abajo de las metas oficiales de crecimiento. Un segundo recorte al gasto público en el 2015 estaría sujeto a la dinámica de precios del petróleo y a la evolución de la actividad económica.

Los recortes anunciados tenían por objetivo balancear las finanzas públicas en 2015. Los requerimientos financieros (completos) del gobierno federal no permitían que los ajustes hubieran llegado vía déficits. Se corría el riesgo de poner nerviosos a los inversionistas y a las agencias calificadoras. Por otro lado, el Fondo Mexicano del Petróleo todavía no tiene los fondos (no es obvio que algún día los tenga) para hacer la función de buffer en una época de “vacas flacas”.

La pregunta más relevante es si una reingeniería del gasto será suficiente para cuadrar el presupuesto en 2016 y los años que le restan al sexenio. Hay que entender que el servicio de la deuda ya representa una parte considerable del presupuesto; el aumento en las tasas de interés aumentaría la presión. También existen componentes del gasto público de naturaleza ineludible (siendo el gasto en pensiones uno de los ejemplos más conspicuos) que están proyectados a crecer de forma significativa. A esto habría que agregar varias promesas del gobierno con fuertísimas implicaciones de gasto: infraestructura, un sistema de salud universal, etcétera. Ante precios bajos de la mezcla mexicana de petróleo, es muy difícil que el gobierno pueda paliar la necesidad de nuevos ingresos. Al menos nos queda el consuelo de que una revisión a fondo del gasto es el primer paso para una verdadera reforma fiscal.

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